Salvapantallas de Luis Chaves, en Paquidermo
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Lena Zuñiga en Paquidermo, sobre Salvapantallas de Luis Chaves

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::Lena Zúñiga::

Este último libro de Luis Chaves no fue una sorpresa, si no que se veía venir. Yo me lo imaginaba escribiendo en horas laborales o en mitad de la noche evitando despertar a la tropa. Es un libro bienvenido de un escritor que tiene la ventaja de sonar siempre familiar, como leer las noticias de un amigo que viste por última vez de madrugada, tratando de parar un taxi con una mano y diciendo adiós con la otra.

Hace poco leía a Denis Johnson, probablemente por recomendación de Chaves (quien me ha recomendado a los mejores gringos).  Johnson escribe historias cortas pero no puede evitar contarlas como un poeta: en sus prosas hay palabras sueltas como partículas independientes que contienen otro universo.  Mientras lo leía recordaba que lo mismo le pasa a Chaves en Salvapantallas, sus historias están llenas de instantáneas que uno subraya y marca en el margen con un asterisco, párrafos que por sí solos valen el precio de admisión.

Por ejemplo,” Italia 90 (o Starfield)” es un ejercicio de memoria selectiva donde a veces trabaja en contra del narrador. Es un texto cinemático que parece estar sucediendo en una pantalla, incluyendo el botón de fast-forward, planos abiertos de multitudes con banderas, incomodidades profundas, diálogos imaginarios en medio de la desproporcionada celebración de otra derrota, con un fondo de estrellas.

Algunas de estas historias son como las que Chaves nos contaba reunidos bajo el árbol iluminado en el patio de la casa de Zapote,  los personajes aún moviéndose entre la cocina y el exterior como fantasmas inquietos transportando comida y latas de cerveza. Leer este libro es recordar cómo nos pasaron todas esas cosas, algunos golpes ya anestesiados por el tiempo, ya siendo luces de los otros carros en los espejos del nuestro.

Cuando corríamos 30km por semana, cuando veíamos las luces de la madrugada con las pupilas dilatadas por las anfetaminas sin saber a qué casa volver, cuando viajábamos sin saber dónde nos quedaríamos para siempre. Los años se nos fueron como rayas indistintas por la ventana del carro y el diálogo que llevábamos adentro es lo que nos va contando Chaves en estos textos compactos, llenos de detalles importantes.  La narrativa adelanta por la derecha y el autor sólo nos detiene unos segundos para permitirse una introspección, un chistecito, una foto.

De repente pienso que ya las historias de Chaves van sonando menos y menos como las de Johnson, porque ya no usamos tantas drogas o porque de alguna forma escapamos de la rehabilitación alcohólica. En su paso por un centro de recuperación Johnson dice “Todos estos raros, y yo poniéndome un poco mejor cada día en medio de todos ellos. Nunca habría imaginado, ni por un momento, que podría haber un lugar para gente como nosotros”.   Tengo la impresión de que ninguno está donde se imaginaba, logramos escaparnos antes de que se armaran los balazos, y ahora hay un lugar donde estamos más o menos bien.

Las historias de Chaves incluyen a la familia como un personaje que le da forma, una tabla de salvación después de tanto naufragio. En medio del “Diario doméstico” o hablando de la traición religiosa de la quimioterapia, las mujeres de la familia, la ansiedad doméstica del domingo en la tarde, está Chaves definido por las cosas buenas que nos pasaron después de todo: Mariajo, las hijas, los padres y los extras.

En estos años nos volvimos tan mortales que algunos hasta nos morimos. Los que no, estamos mitad sorprendidos, mitad agradecidos. Andamos por ahí recordando bajito, pero en este libro Chaves se ha decidido a contar algunas de esas cosas en voz alta. En el futuro las formas en que elegimos destruirnos son quizás menos turbias, más sutiles. El cielo sigue iluminándose, todos los caminos siguen llevándonos por una orilla vulnerable, pero ahora hay otros que nos llevan de la mano.

 

Originalmente publicando en Revista Paquidermo en marzo del 2015: http://www.revistapaquidermo.com/archives/11558

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