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Guirnaldas (bajo tierra) reseñada por Manuel Bermudez

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Uno de los atractivos que algunas personas manifestaron cuando se reactivó el servicio de trenes como medio de transporte público, en el área metropolitana, fue la posibilidad de descubrir o redescubrir un paisaje urbano completamente distinto al habitual. Edificios, casas, barriadas, caminos, carreteras, se miraban desde una perspectiva distinta, que como cosa casi inevitable obligaba a cierta reacción entre nostálgica y reflexiva. Algo similar ocurre si uno recorre la ciudad de San José subido en un camión, por ejemplo, y tiene una perspectiva de entre 4 y 5 metros de altura, se revela otra ciudad, otra arquitectura y actividades.

En fin, que esa ciudad en que se ha convertido esta área metropolitana de Costa Rica tiene muchas posibilidades de apreciarse y los personajes que la habitan igualmente componen una geografía humana en constante movimiento, como un calidoscopio donde todo es lo mismo y distinto.

Una narrativa urbana se inserta en ese juego de “la casualidad, el azar, y los hermanos de ellas, llámense la fugacidad, lo accidental, lo pasajero”, como dice uno de los personajes de Guirnaldas (bajo tierra), la más reciente novela del escritor costarricense Rodolfo Arias Formoso.

El autor de obras como Vamos para Panamá, El emperador Tertuliano y la legión de los superlimpios, La Madriguera o Te llevaré en mis ojos, nos ofrece ahora un gran mural de 500 páginas donde acude nuevamente a algunos de sus recursos narrativos característicos como el lenguaje hablado de los personajes y sus monólogos interiores, sus nombres o motes y la familiaridad de algunas referencias sociales y espaciales.

Pero en el caso de esta novela, abandona una estructura lineal y opta por una fragmentada donde cada parte se sustenta en la acción de los personajes y a la vez sutiles conectores los vinculan.

Cada personaje es una tesela con la que va construyendo el gran mosaico.

Este se asemeja a un recorrido en autobús donde los personajes suben y bajan en distintas paradas, en los ámbitos a los que corresponden, pero la lectura es una cazadora, que caza un punto con otro, una vida con otra, una historia con otra.

Los títulos de cada capítulo responden a referencias geográficas en la ciudad. Así se va construyendo un tejido que permite una visión panorámica de una sociedad que ha cambiado hasta convertirse para algunos en un sitio insoportable del que deben escapar, para otros en un abanico de posibilidades, algunas alentadoras y constructivas, otras macabras.

Pero de algún modo todos están conectados, unas veces de forma muy sutil, apenas una casualidad, otras de manera rotunda, trágica o trascendente.

Los personajes se desplazan en ese ámbito propuesto y los espacios se difuminan, el escenario, entonces, se está moviendo y cambia constantemente. Se mueve en el tiempo psicológico de los personajes, en el desarrollo de cada una de sus historias, pero también en distintos momentos a los que conducen las historias, en un plazo aproximado de 20 años.

Esto a veces se señala de manera sutil pero también directa: “Donde solía haber un cafetal en San Juan de Dios de Desamparados de pronto aparece un motel.”

Los hitos espaciales, los lugares donde ocurren las acciones, son solo referencias; la ciudad está construida por los personajes y sus vivencias, es desde la subjetividad de cada uno que se conforma la visión de esos espacios.

De manera que el lector también participa y conforma su propia visión, en especial por los guiños que cunden en el texto.

Rodolfo Arias utiliza una muy acertada capacidad narrativa para construir sus personajes en el lenguaje, los monólogos interiores y un narrador omnisciente que se identifica con sus personajes, habla como ellos y hasta asume a veces su misma actitud. Esto logra que el lector, particular pero no exclusivamente el costarricense, se identifique y se incorpore más profundamente en el texto a veces con humor o con proximidad inmediata por identificación.

Hay también juegos de espejos, de dobles, de cruzamientos imperceptibles de caminos y temporalidades.

Como leitmotiv el amor, apasionado, platónico, fugaz y trascendente o efímero y falsario, sostiene la expectativa de los personajes y es lo que los mueve en la trama. Unas veces por caminos insospechados donde juega de cómplice del destino que se burla de las limitaciones de los mortales, otras como asidero que rescata del naufragio a seres agredidos por las circunstancias en que les tocó nacer, y otras veces como tentación perversa que reclama las profundas carencias de sus víctimas para arrastrarlos al pánico y la degradación.

Cada nudo de la acción está lleno de modismos en el lenguaje hablado, lugares comunes, juegos de palabras, referencias de la cultura de masas, que son coordenadas de la ilación.

Esta novela no resulta tan nostálgica como su novela anterior Te llevaré en mis ojos, pero no deja de ser una llamada de atención acerca de la forma vertiginosa en que la aldeana ciudad capital se convirtió en una urbe. Eso sí, la novela no es pesimista, los personajes por diferentes vías se superan y los que no, de alguna forma se buscaron su destino trágico.

La obra está cuidada en los detalles, en ese barroquismo fractal con que se dibuja una idiosincrasia auténticamente costarricense, algunas veces con mejor fortuna que otras, pero permite una visión de múltiples perspectivas.

Cabe destacar también la excelente producción de Editorial Lanzallamas, incluido el mapa de las rutas de lectura que puede resultar clave para que el lector pueda subir y bajar del texto a su propio gusto o para que defina los destinos a los que quiera llegar.

http://www.semanariouniversidad.ucr.cr/suplementos/los-libros/11660-retratos-intersectoriales.html

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